
SEPTIEMBRE 2025
Vínculo entre el masaje Tailandés, Yoga y Qi Gong
Por Mónica Albarrán
Tiempo de lectura: 3 minutos
Detenernos a escuchar el cuerpo en movimiento es casi un acto revolucionario. En esta pausa consciente, disciplinas como el masaje tailandés, el yoga y el Qi Gong nos ofrecen no solo alivio físico, sino caminos hacia un bienestar más profundo y duradero. Aunque cada una tiene su origen, lenguaje y estilo propios, todas comparten un principio fundamental: el cuerpo no es solo materia, sino energía en flujo constante.
Masaje tailandés: el arte del estiramiento consciente
El masaje tradicional tailandés se diferencia de otros tipos de masaje por su enfoque activo, profundo y energético. A menudo se lo describe como un “yoga pasivo”, ya que durante la sesión el terapeuta guía al receptor a través de una secuencia de posturas, estiramientos asistidos, presiones y movilizaciones articulares, similares a las del yoga tradicional.
Pero más allá del aspecto físico, el masaje tailandés trabaja con las líneas Sen, canales energéticos que recorren el cuerpo y que tienen su correspondencia en los meridianos de la Medicina Tradicional China. Cuando estas líneas están bloqueadas, la energía vital (o lom) no circula correctamente, lo que puede generar tensiones físicas, desequilibrios emocionales o malestar general. El objetivo del masaje es desbloquear estos canales, armonizar el flujo energético y reconectar cuerpo y mente a través del tacto, la respiración y el movimiento.
En el yoga, la práctica de asanas (posturas), pranayama (respiración) y meditación busca también restablecer el flujo energético, equilibrar los doshas (en el caso del Ayurveda) y aumentar la conciencia corporal. La diferencia es que, mientras el yoga es una práctica activa y personal, el masaje tailandés permite que ese proceso ocurra de forma receptiva y guiada.
En ambos casos, el cuerpo se convierte en un vehículo de autoconocimiento. En el masaje, el receptor se entrega con confianza al terapeuta, quien trabaja no solo con las manos, sino también con su propia presencia y sensibilidad, generando un espacio seguro para liberar memorias corporales, tensiones emocionales y bloqueos energéticos.
Así, el masaje tailandés no reemplaza la práctica del yoga, pero la complementa maravillosamente. Una sesión de masaje puede preparar el cuerpo para una práctica más profunda, y el yoga puede ayudar a integrar los efectos del masaje a largo plazo.
El Qi Gong (o Chi Kung) es otra de las prácticas que dialoga directamente con el masaje tailandés. Esta disciplina china combina movimientos lentos, respiración rítmica y enfoque mental para cultivar el Qi, o energía vital. Al igual que el masaje y el yoga, el Qi Gong entiende el cuerpo como una red energética, donde cada movimiento puede desbloquear y nutrir órganos, emociones y pensamientos.
Lo interesante es que muchos de los efectos terapéuticos del masaje tailandés también pueden observarse en la práctica regular del Qi Gong: mayor relajación, mejor circulación, reducción del estrés, flexibilidad y sensación de vitalidad. Mientras el Qi Gong se practica de forma activa, el masaje ofrece una experiencia más pasiva pero igualmente poderosa: el terapeuta guía el flujo del Qi a través del contacto consciente, activando puntos específicos, estiramientos y movilizaciones.
Ambas prácticas invitan a desacelerar y habitar el cuerpo desde el presente, lo cual hoy en día es una forma de sanar.
En la visión oriental del cuerpo, la salud no es ausencia de enfermedad, sino equilibrio dinámico entre fuerzas opuestas: Yin y Yang, expansión y contracción, silencio y acción. El masaje tailandés, el yoga y el Qi Gong son tres caminos distintos que nos invitan a regresar a ese centro, utilizando el movimiento consciente como medicina.
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El yoga fortalece y flexibiliza desde dentro, conectando cuerpo, mente y respiración.
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El Qi Gong regula la energía sutil, ayudando al cuerpo a encontrar su ritmo natural.
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El masaje tailandés libera lo que está estancado y restaura lo que está debilitado, a través del contacto, el ritmo y la intuición.
Cuando estos caminos se entrelazan, la experiencia de sanación se multiplica. No se trata solo de “sentirse mejor”, sino de reconocer el cuerpo como un espacio de sabiduría, memoria y transformación.
El masaje tailandés no es simplemente un tratamiento físico. Es una forma de escuchar el cuerpo con las manos. De permitir que el otro descanse en su sentir, mientras alguien (con respeto y presencia) le ayuda a volver a casa.
Integrado con prácticas como el yoga y el Qi Gong, este masaje se convierte en un portal hacia una experiencia completa: donde el movimiento es presencia, el tacto es conciencia, y la energía se vuelve puente entre cuerpo y espíritu.
-Mónica Albarrán
